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martes, 8 de septiembre de 2015

Fernando VII y Josefa de Sajonia: de una mala noche de bodas a la visita a unos baños públicos



Una pequeña placa conmemorativa en la calle de Santa Mónica (ubicada sobre la puerta de acceso al pasaje de Lluís Cutchet) me ha llevado hasta esta historia que, más o menos, ya conocía e introduje en un post sobre la ruta de las calles con rejas.

Según consta en esa placa, “el 1º de abril de 1828, honoraron sus majestades con su presencia en este establecimiento de baños.”. Es decir, que Fernando VII y su tercera esposa (Maria Josefa Amalia de Sajonia) visitaron la casa de baños de Can Casteliu. El de Fernando y Maria Josefa era un matrimonio pactado de antemano, sin amor, tal como se estilaba en la realeza de entonces y el inicio de su vida en común no pudo ser peor, con una noche de bodas realmente nefasta de la que luego hablaré. De momento, mi interés está en los antiguos baños públicos de Can Casteliu.



El establecimiento, donde bañarse costaba una peseta, fue inaugurado en 1814. Xavier Theros, en un artículo publicado en El País, se remonta a Joan Amades para explicar que estos fueron los primeros baños públicos que se abrieron en la Península Ibérica en época contemporánea. Mucho antes, la Barcelona romana ya disponía de termas públicas. Construidas en el siglo I, fueron descubiertas no hace mucho tras las obras de rehabilitación del Centre Cívic Pati Llimona, en la calle del Regomir.

Ese mismo año (1814) Napoleón abdicó. Veinte días más tarde, Fernando VII recuperaba el poder y, con él, volvía la oscuridad. Disolvió la Diputación de Cataluña, reinstauró el Tribunal de la Inquisición y anuló las normas de sanidad impulsadas durante la dominación francesa. Eso suponía un abandono de las buenas costumbres en cuanto a aseo personal y un notable descenso de la clientela del señor Casteliu. Aun así, el local siguió activo.

Muchos años después, concretamente  el 15 de enero de 1886, “La ilustració catalana” publicaba este artículo sobre los baños dulces de Barcelona, siendo Can Casteliu el primero en aparecer citado.




Desconozco si el día en que los reyes estuvieron en el local se llegaron a bañar pero me temo que no. Fernando VII y Maria Josefa Amalia de Sajonia se casaron  el 20 de octubre  de 1819 y ya, desde el primer día, el matrimonio fue un suplicio para la joven alemana. Empezando por la noche de bodas que está explicada con todo detalle en el blog Historias de España.
  
En 1818 Fernando VII enviudaba por segunda vez. La Reina Isabel de Braganza moría (a los 21 años), por culpa de una cesárea salvaje para sacarle una niña que nació muerta. Esa fue una doble decepción para el Rey ya que perdía a su esposa y la posibilidad de engendrar un varón, que es lo que él realmente anhelaba. Así que, al poco tiempo, empezó la búsqueda de una nueva esposa que  le diera el deseado heredero.
Retrato de la Reina Isabel de Braganza
(Autor: Vicente López)
La elegida fue María Josefa Amalia de Sajonia, una adolescente guapa, de ojos azules, virgen (por supuesto) y muy, muy inocente. Había sido educada en un convento y llegaba a su boda siendo analfabeta en temas sexuales. El  novio, en cambio, era mayor que ella, poco atractivo, viudo por dos veces y  un salido, por lo que parece. ¡Por algo será que en los burdeles le llamaban “Hércules”!

Retrato de la Reina María Josefa Amalia de Sajonia
(Autor: Francisco Elías Vallejo)
El día de la boda era costumbre, entre la realeza española, que la princesa de sangre (que estuviera casada) más cercana en categoría al Rey entrara en la alcoba nupcial unos minutos antes para explicar a la novia qué le ocurriría esa noche. Esa princesa era la cuñada del Rey,  hermana de su difunta esposa (Isabel de Braganza) y se negó a cumplir su cometido. Así que, al negarse la princesa, se tuvo que pasar al plan B: la camarera de más edad que, en este caso, también eludió su responsabilidad bajo el pretexto que no prestaba atención a las cosas que su marido le hacía bajo las sábanas. Así que, de repente, Josefa se encontró sin asesora sexual y con su esposo en la cama. Asustada, intentó huir sin alcanzar su objetivo. Mientras, el Rey intentaba por todos los medios conseguir que la cuñada y la camarera cumplieran su obligación, cosa que acabaron haciendo por imperativo real.

Retrato de Fernando VII
(Autor: Vicente López)
Al final, parece que hubo sexo pero con la novia muerta de miedo. Tanto, que literalmente se cagó en y sobre el Rey. De este hecho dejó constancia el escritor francés Prosper Merimée en una carta escrita a su amigo Stendhal en 1830, un año después de la muerte de la Reina María Josefa de Sajonia a los 25 años de edad. La carta, aunque inicialmente no era más que una confesión-cotilleo entre amigos, acabó siendo publicada en 1898 en Rotterdam como parte de un folleto que se llamó Sept lettres de Mérimée a Stendhal, Así que, si una de las siete cartas es esta, no puedo imaginar qué le contaría en las seis restantes, cosa fácil de descubrir pinchando aquí, ya que el libro está escaneado en la web de la Biblioteca Nacional de Francia.



martes, 24 de junio de 2014

Charles d’Espagnac (el Conde de España), un villano de nuestra historia

Retrato de Charles d'Espagnac (el Conde de España)
Investigando sobre un tema en el que estoy trabajando, he descubierto un montón de cosas de las que, hasta ahora, sabía poco o nada.  Una de ellas es que en plena Edad Media había, en Barcelona, un jardín donde convivían osos, guepardos, leones, avestruces y no sé cuantas más especies de animales y que  ya conté hace poco en el blog.

Lo que ahora he descubierto es la historia de un hombre malo. Terriblemente malo. Vivió en el siglo XIX y amargó la vida de nuestros antecesores. Era tan malvado que murió asesinado por su propia gente, los carlistas, a los que se había unido. Lo cogieron por sorpresa mientras cruzaba un puente sobre el río Segre. Luego le desfiguraron la cara con un cuchillo y lo tiraron al río con una gran piedra atada al cuello para asegurarse que el cuerpo fuera directo al fondo.  Era Charles d’Espagnac, también conocido como el Conde de España.

Litografía de Planes, representando la muerte
del Conde de España (Fototeca.cat)
Hace unos días supe de su existencia al buscar información sobre la Plaza de la Verónica en “Las calles de Barcelona” de Víctor Balaguer. El autor cuenta que el Conde hizo allí un auto de fe y quemó más de 2.000 libros procedentes de la selecta biblioteca de un médico que, casualmente, era pariente del mismo Víctor Balaguer. Según sus propias palabras “… más de dos mil volúmenes fueron llevados a la plaza de que hablamos, y allí se hizo con ellos un gran fuego. El general, siempre rodeado de mozos de escuadra, permaneció allí hasta que todo estuvo reducido a cenizas”.

Leído esto, mi curiosidad me llevó hasta un par de artículos publicados en “El País”. Uno,  de Xavier Theros y el otro de Juan Carlos Losada (autor  junto a Gabriel Cardona, del libro “Malos de la historia de España”). En ambos textos, Theros y Losada describen con todo detalle las barbaridades que esa mente enferma llegó a cometer.  Se trataba de un personaje excéntrico, violento, misógino y muchas cosas más aunque ninguna buena.


Charles d'Espagnac era un francés nacido en 1775. Su padre era el marqués de Espagnac, motivo por el cual Charles pudo entrar a servir en la corte de Luís XVI a muy temprana edad hasta el momento de empezar la Revolución Francesa (1789), en que él y su familia huyeron a Inglaterra y luego a España, donde vinieron en 1792.

Charles llegó a España con ganas de venganza y en seguida se puso al servicio del rey Carlos IV, castellanizó su nombre, cambió su apellido Espagnac por España y siguió sirviendo al rey de turno. Ahora Fernando VII, que le dio el título de Conde, además del de Jefe de la Guardia Real.

Retrato de Fernando VII (Francisco de Goya, 1814)
Mientras, en Cataluña empezaban las primeras revueltas anti monárquicas y, para acabar con ellas, Fernando VII y el Conde (en calidad de Capitán General) vinieron a Barcelona donde empezó el baile de prohibiciones: el pelo largo y llevar bigote, las trenzas de las mujeres (a quienes se perseguía tijeras en mano para cortarles el pelo), los anuncios de anti hemorroides publicados en la prensa…

El Conde mandaba perseguir y erradicar todo lo que, según él, fuera inmoral. Él era un hombre de profunda religiosidad, de misa diaria y de esos de “a Dios rogando y con el mazo dando”  aplicado de forma literal, ya que obligaba a rezar el rosario en todas las fábricas, justo antes de acabar la jornada laboral y, quien se negara, acababa en prisión.

Además, dicen que le gustaba beber. Solía mezclar en un mismo vaso aguardiente y ron provocando, en su cuerpo y su mente, un efecto devastador. Una vez, no sé si tras tomarse un trago de su brebaje favorito, vio a dos chicos bien vestidos paseando por el puerto. Los llamó desde el balcón de su palacio y los llevó ante su presencia para mofarse de su aspecto refinado. Luego, como castigo, los mandó subir a un barco que se dirigía a Cuba y, durante el viaje, uno de los chicos murió.

En otra ocasión, ordenó fusilar un caballo porque el animal lo había tirado al suelo. Otro día, hizo que le subieran su caballo hasta el balcón de palacio para saludar, subido a lomos, a un grupo de holandeses que acababan de llegar al puerto.


En Barcelona sembró el terror. Lo consiguió a base de ejecuciones masivas, en solo un par de años (1828-1829), de las que los ciudadanos se enteraban por los cañonazos que el Conde ordenaba lanzar tras cada ejecución. Por eso no es de extrañar que su vida acabara como acabó.